Memorias de un exempleado público

ContigoNews.com septiembre 13, 2020

Por: Miguel Aníbal Perdomo

Dice Aristóteles que quien se subestima es un débil. Por eso, hablaré de mi malograda carrera de empleado público.

Hace un tiempo me tocó sacar una nueva versión de la cédula de identidad en el Consulado Dominicano de Nueva York. Cuando hubo que definir mi ocupación, la oficinista me presentó una opción obligatoria: “empleado público” o “empleado privado”. Quedé indeciso por un instante. Luego recordé que trabajaba a medio tiempo (unas 12 horas semanales en el Comisionado Dominicano de Cultura en Nueva York), una Subsecretaría del Ministerio de Cultura.

“Póngame empleado público”, dije resignado a la oficinista, que acaso era simpatizante del Escogido, cuyos fanáticos siempre han sido mis enemigos. No importa que algunos de mis tíos fueran escogidistas, ni que yo admirara mucho a Juan Marichal.

Sí, he sido empleado público: pienso que sólo conoce el fuego quien se ha quemado alguna vez los dedos. Sólo puede describir el lodo quien ha chapoteado en él. Sin embargo, los empleados del Comisionado no tenemos derechos legales: seguro médico, ni plan de retiro, ni prestaciones de servicio. Las leyes laborales no nos tocan. Trabajamos en un limbo y las posiciones dependen de la politiquería y los vaivenes de la Fortuna.

Los dominicanos en Nueva York solo contamos para enviar varios miles de millones de dólares a la isla, para votar en las elecciones y para que el Consulado nos arranque el alma por cada trámite.
Mi carrera pública, que acaba de ser cortada abruptamente, comenzó en el año final del último gobierno del PRDSucedió que en la entonces llamadaCasa de la Cultura quedó libre la Dirección de Literatura. Por suerte,el Ministrode Cultura y el Viceministro eran compañeros míos de actividades literarias desde nuestra temprana juventud; y además, yo tenía credenciales de sobra para ser Director de Literatura; pero sólo quería medio tiempo. No deseaba entorpecer mis metas de escritor. Por eso nunca busqué tiempo completo en la academia, porque aquí en Estados Unidos el profesor se convierte en un esclavo de la burocracia: debe administrar, y en general es mal pagado. El puesto estaba libre en la Casa, lo solicité y me lo dieron.

Yo tenía gran curiosidad por ver cómo funcionaba el engranaje del Estado; deseaba asomarme a la comunidad dominicana a través del trabajo y compartir con ella mis conocimientos; pues mis estudiantes, por lo común, eran de habla inglesa. La experiencia en la Casa fue singular. Y ahora no es el momento de ponerme a contarla en detalle. Sí debo decir que cada vez que tenía tiempo libre, estaba allí: vivía bastante cerca, había mucho por hacer y me gustaba mi trabajo.

Tuve algunas dificultades al principio porque no pertenecía a partido alguno, lo cual es sospechoso en cualquier oficina del Estado. Me etiquetaron como peledeísta y tras algunas semanas, cuando vieron que mi partido era el Trabajo y el Respeto, empezaron a tratarme como a un perredeísta. Dejé de ser un intruso. Eso sí, cuando llegó la campaña electoral, nadie se atrevió a acercárseme para que firmara proclama alguna, apoyando al presidente-candidato (ritual obligatorio para los empleados públicos), ni para hacer política, y hasta comentaban sus estrategias delante de mí. Yo les advertía: “Recuerden, compañeros, que no soy del PRD”. Ellos sonreían, me olvidaban y proseguían su conversación.

Todavía cuando me encuentro con ellos en la calle o en alguna celebración, me saludan con afecto conmovedor, o se sientan conmigo y me colman de vino o cerveza. Qué buenas personas son, y ahora somos todos miembros de un solo partido: el Humano. Recuerdo que un sábado en la noche, después del trabajo y en pleno invierno, subimos al segundo piso de un popular restaurante dominicano en la calle Dyckman, y nos sentamos a conversar animadamente en torno a un gran caldero de sancocho caliente y un litro de Brugal Añejo. Nos olvidamos del tiempo, y cuando alguien miró el reloj, gritó: “¡Caramba, son las cinco de la mañana!”. Todos los buenos esposos echamos a correr.

Pero no piensen mal, en la Casa de la Cultura había un grupo de 10 empleados que trabajaba sin fin: ¡imagínense lo que hacía el resto! Si había que barrer o trapear el piso, lo hacíamos, incluyendo al director, como se estila en Estados Unidos, donde ningún oficio degrada, sino que dignifica. Cuando llegaban funcionarios de la Isla y veían la escena, quedaban maravillados y la alababan.

Poco después ganó el PLD porque el gobierno del PRD terminó en el caos y con un desastre bancario del cual no me tocó ni un centavo. Más bien pasaba tres o cuatro meses sin cobrar. El nuevo director de la Casa —que pasó a llamarse pomposamente Comisionado— nos borró a todos de un plumazo sin ceremonia alguna. Él y yo habíamos estudiado juntos la licenciatura en la UASD y el doctorado en la City University en Nueva York. Sin embargo, quizás para él éramos una banda de corruptos, al igual que el gobierno saliente. Los nuevos empleados venían con sed de venganza y con hambre de poder o dinero; se creían puros sin sospechar que el poder contamina a los espíritus pequeños al simple contacto. Sobre todo, cuando la autoridad, poder delegado, no es merecida. Pronto los opositores empezarían a imputarle corrupción al director. Es un destino. Pero no dije ni media palabra sobre mi cancelación. Me concentré en la docencia, en los libros y en mis dos hijos, pequeños entonces; en la escritura, que empezó a darme Premios Nacionales hasta llegar a cinco en diversos géneros.

Años después hubo otro nuevo director, y solicité al ministro José Rafael Lantigua (un intelectual y crítico notorio a quien apenas he tratado, y que bien comentó un libro mío), que me reinstalara en el puesto de Director de Literatura. No sólo lo hizo, sino que anunció mi entrada a su administración como un logro. Ya que el presupuesto del Comisionado en ese momento era escaso, habilitó una cuenta desde la Presidencia para pagarme. Él había expresado en alguna ocasión que yo no vine a Estados Unidos en busca de dinero, sino de estudios. Valoré muchísimo la distinción y he tratado de merecérmela. Le reitero mi gratitud.

Trabajé oficialmente hasta hace unas semanas (seguí trabajando en las asesorías y el taller de los domingos durante toda la pandemia, y sigo trabajando por conferencia telefónica). Mi hazaña de sobrevivir en el Comisionado durante once años como empleado intruso merecería un folleto. Todo el mundo era peledeísta —no por convicción, sino por supervivencia en algunos casos—, menos yo. No tengo dotes de político, y tan sólo buscaba un trabajo parcial que me dejara tiempo para escribir y estudiar sin renunciar a mis principios. Como siempre, la experiencia en el Comisionado ha sido enriquecedora a nivel vital. Pero no es el momento de entrar en detalle. Todos sabemos cómo terminó el partido de antiguos izquierdistas y cómo funciona la casi totalidad de las dependencias del Estado.

De los millones que dice la gente que se llevaron a su casa, aún no me ha llegado un centavo. Tuve muchos obstáculos; no obstante, al final sólo hemos sido individuos tratando de ganarnos el pan, y el trabajo en común ayuda a unir y a armonizar a las personas más dispares. Aquí conocí también a seres humanos cordiales y respetuosos; y las compañeras casi en su totalidad mostraban la esencia de la mujer criolla: amables, cariñosas, generosas y laboriosas; nos sostenían. María Castillo, por ejemplo, encargada de alimentarnos y cuidarnos.

Ahora hablaré un poco de mi labor. La que era una tertulia mensual la convertí en una especie de aula universitaria semanal, que llamé taller por darle un nombre. Me di cuenta de que había que reforzar el nivel de conocimiento de los asistentes, y creé asesorías individuales para atender las necesidades intelectuales de cada uno, y diseñé cursos intensivos con nivel universitario: Redacción, Gramática, Análisis de Texto, Teoría Literaria, Técnicas del Ensayo…

Al principio trabajé hasta los días feriados y me pasé muchos años sin tomar vacaciones. Al taller de los domingos he llegado con un promedio de retraso de 0.8 segundo por año y tengo una asistencia excepcional. He hecho de mentor, consejero, terapeuta, y conocí a la comunidad de manera profunda. No sólo enseñé literatura: he transformado a seres humanos y les inculqué valores cívicos a algunos. Para mí ha sido una experiencia extraordinaria. No sólo participan dominicanos, sino gente de diversas nacionalidades. Quiero destacar una experiencia: una madre me envió a su niña adolescente para que yo le enseñara a “leer bien” en español.

La comunidad me ha pagado con afecto y gratitud. Y juntos hemos creado un bien cultural, una suerte de extensión universitaria, que hoy más de treinta personas, de manera activa, valoran con pasión. Ni hablar de los que se “graduaron”. Por supuesto, para los nuevos gobernantes estoy contaminado, trabajé con un partido en bancarrota y desacreditado, destruido por sus propios miembros, a quienes la codicia y la soberbia dividieron y sacaron del poder. Se derrotaron a sí mismos. Los ganadores olvidan que muchos de ellos estuvieron en el Estado ya, y que todo poder corrompe. En último término serían tan corruptos como yo por contagio. Por otra parte, casi la totalidad de quienes acudían al taller eran opositores furiosos del PLD.

Hablemos de política

Quienes me conocen bien saben que tengo mis ideas políticas como todo el mundo; que pienso mucho en los problemas de mi país, y creo que la llamada democracia dominicana necesita cambios profundos. He notado que al morir tanto Juan Bosch como Joaquín Balaguer, todos los partidos han terminado por parecerse. La izquierda apenas subsiste o es casi clandestina. Los grandes partidos forman uno solo en la práctica, pues muestran las mismas actitudes, objetivos y malos manejos. Se perdonan las faltas para que el otro no se vengue en el futuro; se pasan de un partido a otro y se otorgan beneficios mutuos.

Digamos que en el país hay de 20 a 30 mil políticos militantes: ellos gobiernan el resto de un país de casi 11 millones de habitantes. Forman una élite que piensa que su militancia le da derecho a todos los empleos, y que basta para convertirlos en seres superdotados para cualquier cargo. No hay concursos públicos en general, y con frecuencia hasta los altos puestos están copados por los más ineptos, vivos y trepadores, que les echan zancadillas incluso a sus compañeros de partido. Quien tiene dinero invierte en la campaña, y el presidente electo le paga con un cargo donde puede centuplicar su contribución. El Estado tiende a convertirse en una plutocracia, es decir, gobierno de los ricos. Ni hablar del clientelismo, la demagogia, la compra de votos, el tráfico de influencias en una extraña “democracia”; sistema que jamás ha existido en la historia humana, ni siquiera en Grecia, según un estudioso de la política. Tampoco en Estados Unidos; aquí existe una plutocracia. Entonces cada cuatro años nos llenamos de ilusiones que a los dos empiezan a desinflarse. Los partidos conciben y administran el erario público como si fuera una empresa privada.

Cada vez que un nuevo partido asume el poder y lanza a la calle a miles de empleados humildes sin respetar sus derechos laborales, el Estado viola sus propias leyes y se convierte en un instrumento al servicio de politiqueros y en una dictadura de una clase que se turna en el poder. El dominicano acepta esta práctica ilegal como norma, aunque irrite; igual que en el fondo piensa que robarse el dinero del Estado no es delito después de todo. Son gajes del oficio, puro tigueraje. ¿A quién le dan pan que no coma? Sólo un tonto.

El infortunio me saca del Estado

Después de doce años de labor, el Ministerio me ha cancelado por segunda vez sin explicación alguna; y me han dicho que era inútil protestar. Los antiguos perredeístas llegaron para vengarse y nos despidieron a todos de un plumazo. Dicen que ya me beneficié por 12 años y ahora el turno le toca a otro. Parece que los dominicanos hemos olvidado que a la Patria no se le pasa la factura; que el servicio responsable crea méritos y derecho a promoción; en las Fuerzas Armadas, por ejemplo, y en las sociedades organizadas. Además, el Código de Trabajo nacional prohíbe la discriminación por razones políticas. Tampoco se me puede imputar alguna de las 19 faltas que, según el Artículo 88 del Código, justificarían un despido. Por tanto, no callaré.

Hablo en nombre de miles de exempleados públicos que desde el año 1963 han pasado por esta situación anómala que todos aceptan como regular.
La práctica la inició el presidente Bosch para limpiar el Estado de remanentes trujillistas; pero hoy indica atraso político-social. De modo que reclamo al Estado que respete sus propias leyes laborales; que llame a concursos para los empleos y que establezca la carrera pública en base a méritos; que se le otorgue personería jurídica al Comisionado en Nueva York; que se me explique por qué se me arrebató una posición ganada con el sudor de mi cerebro, para dársela graciosamente a alguien con menos capacidad intelectual y responsabilidad tal vez. Y me sometería a cualquier prueba para demostrarlo. Por derecho civil y humano, puedo aspirar a trabajar de manera estable en el Estado; no es un privilegio, ni una sinecura (“botella”). Es un derecho innegable.

¿Cómo es posible que habiéndome otorgado cinco Premios Nacionales —uno en poesía, dos en cuento y dos en ensayo—, el Ministerio me lance a la calle? El mismo que me concedió su galardón más alto: “Persona Cultural del año”. ¿Se trata de un Ministerio de la Cultura o un Ministerio del Absurdo? ¿O de un Ministerio precario que en cada cambio de administración anula sus avances anteriores, un Estado del Caos o de cangrejos? ¡En vez de promoverme por mi gran experiencia, como deseaba mucha gente que razona, me pide las llaves, cierra la puerta y comienza a improvisar!

¡Quizás me responda “la madre del Gobierno”, como dice el personaje de un cuento latinoamericano!

Mientras tanto, consultaré a un abogado laboral para ver si tengo derecho a alguna compensación, una pensión o si es posible radicar una querella legal contra el Ministerio. Este, al dejar en el limbo a los empleados de Nueva York, economiza en pensiones y liquidaciones y viola derechos ciudadanos y sus propias reglas. Ya es hora de parar los abusos del Estado, bestia que, según los filósofos de hace tres o cuatro siglos, fue engendrada para intimidarnos frente a nuestra naturaleza animal, nuestro egoísmo y maldad innata. Que el Estado mismo devore a sus hijos, al pisotear sus derechos elementales, es el colmo de la desgracia. Que el empleado que no milite en el partido en el poder sea un sábana-al-hombro, es politiquería de las cavernas. Debe revisarse un Estado que anula el trabajo de una década, no institucionaliza sus organismos, y aleja parte de una comunidad. Ha de recordar que el poder que dan el dinero y una institución no es el único. Existe también la autoridad que mana de los libros, que ilumina la conciencia y los caminos de la dignidad. Produce testigos incómodos que no se resignan a que los exilien del Estado Nacional sus falsos dueños, ni que los pisoteen.

Nota: el uso de las mayúsculas alegóricas y de la tilde en “sólo” es consciente.

Diario Libre

 

 

 

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